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El drama de los ‘hombres de mercurio’

En 2015 se realizo un reportaje en Segovia ,Antioquia;  donde se realizo la siguiente crónica; el panorama a 2018 no cambia.

El mercurio llega a Segovia en camiones. Llega por kilos, libras o pipetas, proveniente de España, Estados Unidos, Holanda y, ahora, México.

Se exhibe en estantes de ferreterías y distribuidoras del centro del pueblo, donde lo presentan en recipientes transparentes, similares a los de un laboratorio clínico.

Aunque su volumen parece despreciable, cada uno cuesta alrededor de 240.000 pesos y contiene un kilo del metal pesado, un kilo que, sumado a otros cientos y miles, alimenta las 50 toneladas de mercurio que terminan cada año en las aguas y atmósfera del noreste antioqueño, que en las últimas décadas han dejado una estela todavía incalculable de ecosistemas destruidos y de personas intoxicadas.

Óscar Ceballos toca e inhala mercurio de forma directa de lunes a sábado, desde las 4:30 a. m. hasta las 5:30 p. m. Lo hace desde los 12 años y conoce el metal pesado como a sus palmas. Sabe por ejemplo que, cuando el color plata característico brilla como un espejo, es de buena calidad, y si está opaco, con turbiedad en la superficie, la productividad en el entable para el que trabaja será menor.

En el entable, como llaman en Segovia a una de las 170 fábricas que han acondicionado entre viviendas, calles y motocicletas para extraer filones de oro de pedazos de roca, él, adoctrinado por un ingeniero químico de Medellín que perdió los riñones por la adhesión del mercurio a estos órganos, es de los pocos que dominan el arte de las cantidades. Cinco onzas de mercurio para triturar un bulto de roca y separar el oro. Dos más para una segunda molienda y otras dos para una tercera. Más mercurio y cianuro para extraer oro líquido, y así hasta fundir el metal con soplete y darle el codiciado tono dorado.

Daños colaterales

No obstante, la destreza de minero le ha arrebatado el bienestar al operario, que experimenta los síntomas que la Agencia de Sustancias Tóxicas y Registro de Enfermedades de Estados Unidos ha declarado como derivados de la exposición al mercurio. La debilidad, el dolor en los huesos, en la cabeza, la ira profunda sin razón aparente y, sobre todo, la pérdida de memoria son constantes.

Óscar, de 38 años, olvida por ejemplo cuánto dinero lleva en los bolsillos, olvida comer (y cada vez es menor el apetito), busca objetos que tiene en las manos y pierde con facilidad la concentración cuando quiere hacer una cuenta.
La semana pasada, su hija de siete años (que presenta desde muy pequeña otro síntoma comprobado de la inhalación de mercurio a través del aire: irritación constante en la garganta y la nariz) le pidió en tres ocasiones que le llevara fresas después del trabajo, y él nunca lo recordó.

Al hombre le preocupa, y reconoce que de su oficio derivaron otros males. Por el consumo de alcohol, al que se enseñó durante años entre compañeros mineros, tuvo una pancreatitis de la que tuvieron que intervenirlo. Luego adquirió tuberculosis en un entable poco salubre y estuvo ocho meses en tratamiento.

En la única medición de mercurio a la que Óscar se sometió hace cuatro años, los niveles del metal pesado en la orina fueron de 176 microgramos, muy superiores a los 35 microgramos considerados “normales” por la OMS.
Entonces, los médicos le recomendaron que cambiara de oficio, pero él insistía en que no había otro destino en Segovia.

Lo mismo le sucede a Raúl Ríos, minero desde los 15 años. Con la nueva regulación nacional del mercurio, que les dio a pequeños mineros cinco años para prescindir del metal pesado en su actividad, y que en Segovia obligaría al cierre de varios entables, se pregunta qué sería de su pueblo sin la minería de dos siglos de historia, tiempo en que esclavos negros, indígenas tahomíes e inmigrantes de todo el país encontraron ‘El Dorado’ en esas tierras.

A Raúl lo recuerdan en Segovia porque durante varios periodos: en los 80, en los 90 y hace poco, al finalizar 2005, le despertó un fuerte temblor en las manos que ni siquiera le permitía llevarse un bocado a la boca. Cada vez que iniciaba la quema de amalgama (aleación de mercurio con oro), sin guantes ni protección para el rostro, el metal se adhería a su sistema nervioso y le provocaba esa reacción.

A lo anterior se sumó que Raúl, ahora dueño de una compraventa de oro (donde sigue quemando mercurio, aunque con protección), tardó varios años en poder concebir su primer hijo (otro de los efectos resultantes de la contaminación por mercurio) y tuvo problemas del sistema urinario por los que tuvo que ser operado.

Su conclusión, pese a que los niveles de mercurio en su cuerpo han sido superiores a los 400 microgramos, es que “primero se acaba Segovia antes de que los mineros se dejen quitar el trabajo”.

A Óscar Ceballos, en cambio, le da la impresión, recientemente, de que el exceso de trabajo lo ha distanciado de la familia.

La solución, dice, es cambiar de pueblo y oficio, pero no se anima, según su esposa, Jirlesa Gómez, “porque en Segovia la gente ya no es capaz de imaginarse la vida sin la plata y sin las minas”.

Efectos en la salud empiezan a sentirse

Medellín. En 2009, Naciones Unidas alertó que la zona entre Segovia y Remedios era la tercera más contaminada del mundo por el mal uso de mercurio, cromo y cianuro, principalmente en la minería. Entonces, se calculaba que había emisiones de 180 toneladas de mercurio al año en la región.

Allí, los mineros han estado expuestos a niveles de mercurio 50 veces superiores al límite máximo aceptado por la OMS y, según constató en 2012 el experto Oseas García para un informe de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (Onudi), la presencia prolongada de minerales y el uso histórico de metal pesado son los principales responsables.

Según García, las enfermedades y malformaciones se generan cada vez que hombres, mujeres y niños emplean mercurio para separar el oro de la roca a la que está adherido. A su vez, el mercurio que se evapora entra a sus pulmones y contamina los peces que luego consume la población.

Lina Peña, toxicóloga e investigadora del Centro de Información y Estudio de Medicamentos y Tóxicos de la Universidad de Antioquia, y quien publicará en 2016 los resultados de un estudio sobre personas expuestas al mercurio en Segovia y Remedios, dice que el mercurio tiene una alta afinidad con cierto tipo de células en los riñones, el hígado, el sistema nervioso, los huesos y los músculos, y así se explica por qué afecta de manera particular estos tejidos y órganos.

El primero en perjudicarse es el sistema nervioso central. Luis Jorge Hernández, coordinador del área de Salud Pública de la Universidad de los Andes y quien ha estudiado el tema, explica que el contacto de partículas de mercurio con esta parte del cuerpo se relaciona con temblor y demencias en adultos, pero su efecto tóxico es mayor en niños menores de 5 años, mujeres lactantes y gestantes, que pueden desarrollar alteraciones de desarrollo neurológico, motor, del lenguaje y trastornos neurológicos.

Sobre el tema de malformaciones congénitas, García afirma que es uno de los efectos más fuertes. Según cuenta, si para el caso de la ciudad japonesa de Minamata, donde hubo un derrame de 80 toneladas de mercurio en la década del 50, se presentaron 10.000 casos de malformaciones, la cantidad de vertimientos en Antioquia podría generar un escenario peor.

“Lo que se derramó en Minamata se vierte cada año en el departamento. De manera que hay un riesgo muy alto de que en unos 20 años (porque las secuelas no son evidentes de inmediato) tengamos muchas Minamatas en Antioquia”, asevera.

MARIANA ESCOBAR ROLDÁN
Enviada Especial ELTIEMPO